La verdadera historia

MANUEL BELGRANO

En el reparto de jerarquías y de lugares dentro de la historia oficial a Manuel Belgrano no lo bajaron del caballo y quedó como el general creador de la Bandera; cuando el realidad su aporte fue, infinitamente, mucho mas importante. Sucedió que se quiso educar una nación desde una óptica militar y como no se podía soslayar al mas grande civil que dio la patria lo colocamos como general al lado de un militar de carrera como San Martín.

Vamos a apartarnos un poco de esa historia oficial y trataremos de desgranar a, quizá el único ciudadano que estuvo en todos los lugares donde se relacionaba la independencia y organización de la naciente Argentina; y de quien este mes de junio se cumplen, el día 3, 250m años de su nacimiento; y el 20, 200 años de su desaparición física.

Su nombre completo fue Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano. Hijo de Doménico Peri, un próspero comerciante italiano, y de la santiagueña María Josefa Gonzá-lez Casero. Es el único prócer argentino que nació, vivió y murió en la misma casa de Buenos Aires. Sin duda es el más grande porteño de todos los tiempos. Cabe destacar que su apellido era Peri, originario de Oneglia, de la región de Liguria, en Italia. Su padre Dome-nico llegó a España y se lo cambió por Belgrano.

Un hecho no difundido de don Manuel es que en 1786 partió hacia España enviado por su padre para instruirse en las artes del comercio. Sin embargo, se decidió a estudiar derecho. Comenzó sus estudios superiores en las universidades de Salamanca y Valladolid, graduán-dose como Bachiller en Leyes en 1789, con medalla de oro. En la Universidad de Salamanca se graduó de abogado en 1793. En Oviedo realizó cursos de economía, llegando luego a ser el primer presidente de la Academia de Derecho Romano, Práctica Forense y Economía Política de la Universidad de Salamanca. Para entonces es un español ilustrado que, a diferencia de sus pares franceses, no niega la religión y acepta la autoridad de los reyes. El 11 de julio de 1790, el papa Pío VI lo autoriza a leer los libros prohibidos, en homenaje a su sapiencia y su prudencia. Tiene 20 años y comienza a participar de consejos en la corte española, lo que le granjea la simpatía de funcionarios reales, a los que convence sobre los beneficios de la creación de un consulado en Buenos Aires.

Tienen alguna duda de la preparación intelectual de este hombre; yo creo que no hay otro en la historia argentina. Sus propias palabras nos lo dicen: Confieso que mi aplicación no la contraje tanto a la carrera que había ido a emprender, como al estudio de los idiomas vivos, de la economía política y al derecho público, y que en los primeros momentos en que tuve la suerte de encontrar hombres amantes al bien público que me manifestaron sus útiles ideas, se apoderó de mí el deseo de propender cuanto pudiese al provecho general, y adquirir renombre con mis trabajos hacia tan importante objeto, dirigiéndolos particular-mente a favor de la patria.

En su estadía en la península ibérica y principalmente en el ambiente universitario, entró en contacto con las ideas y hombres de la Ilustración y conoció de cerca la Revolución Francesa. La agitación ideológica a favor de las libertades de las personas y de los pueblos lo interesó en la actividad política. Dato no menor a la hora de su influencia en los acontecimientos de 1810; era el único que no se había enterado de la Revolución Francesa por los periódicos.

El flamante letrado era un hombre de rasgos finos y delicados; ojos azules y de cabello rubio ensortijado. Aparte de su particular belleza, era un hombre de brillante inteligencia, hablaba varios idiomas; francés, italiano, latín e inglés. Estas cualidades hizo que muchas mujeres de la corte española se enamoraran de él y tuviera una importante cantidad de romances, que la mayoría de sus biógrafos han obviado. Aparte de ser un hombre que concurría habitualmente a las tertulias cortesanas, el exitoso abogado visitaba junto a sus amigos, burdeles y posadas. Fue por esos tiempos que contrajo sífilis, una enfermedad que años después lo llevaría a la tumba. También, en aquel momento, el alcohol fue otra de sus adicciones. A pesar de todos estos vicios, no hubo impedimento para que se dedicara al estudio con pasión, especializándose en economía.

ACTIVIDAD EN EL CONSULADO

Tras su regreso, en 1794 fue nombrado Secretario Perpetuo del Consulado de Comercio de Buenos Aires, ya capital del Virreinato del Río de la Plata. De esta manera, su muy buena formación profesional le permitió comenzar la carrera de funcionario de la corona española. Su labor consistía en fomentar la agricultura, las manufacturas y el comercio entre la colonia y la metrópoli, promoviendo el bienestar de la población. Incluso propuso crear una escuela de comercio, de náutica y de dibujo. Estaban relacionadas con la actividad econó-mica, por ejemplo transacciones, navegación mercante y diseño. A su vez, apoyó a la educación técnica y práctica como salida laboral para varones y mujeres. Así, su pensa-miento innovador educativo se extendió a la igualdad de género. Pero sus ideas no fueron bien recibidas porque las mismas se oponían a los intereses sectoriales de los comerciantes y funcionarios, quienes estaban más preocupados en aumentar sus ganancias y privilegios que mejorar la sociedad.

En cuanto al aspecto económico, mientras trabajó en el Consulado, Belgrano promovió las ideas del fisiocrático Francois Quesnay, quien sostenía que la agricultura era la fuente de la riqueza. Belgrano no dice de aplicar una economía liberal o totalmente fisiócrata, sino que es ecléctico, hablaba del libre comercio, pero también de la protección de nuestros productos. Usa lo mejor de cada doctrina para su país porque él prioriza el bienestar de sus paisanos-

Belgrano fue el primer promotor de la educación pública y gratuita y el primero en hablar del rol social de la mujer; promovió escuelas de primeras letras para alfabetizar tanto a niños como a niñas. No se hablaba de igualdad de género, sino de la importancia que tenía la mujer y que no tenía que tener restricciones por el sólo hecho de serlo.

A principios del siglo XIX fue parte de la fundación del diario El Telégrafo Mercantil, Rural, Económico e Historiográfico del Río de la Plata y del Correo de Comercio. Estos medios de comunicación divulgaban ideas culturales, económicas y políticas relacionadas a la región rioplatense. Además, era un foro para fomentar el modelo de comunidad que pre-tendían algunos intelectuales, incluido él mismo.

LAS INVASIONES INGLESAS

El virrey Sobremonte le encargó la formación de una milicia en previsión de algún ataque inglés, pero no tomó el encargo muy en serio. Esto lo llevó a su primera participación en un conflicto armado, cuando el 25 de junio de 1806 desembarcó una expedición de 1600 soldados ingleses al mando de William Carr Beresford, lo cual inició las Invasiones Inglesas. Belgrano marchó al fuerte de Buenos Aires apenas escuchó la alarma general, donde reunió a numerosos hombres para enfrentar la invasión. Sin conocimientos de milicia, marcharon desordenadamente hacia el Riachuelo. Tras un único cañonazo inglés, debió obedecer las indicaciones de su jefe de mando y ordenar la retirada.

Manuel Belgrano, secretario del Consulado de Buenos Aires (y de todo el virreinato) y Capitán Honorario de Milicias Urbanas, manifestó la necesidad de reubicar el Consulado en el lugar en donde el virrey estuviese y se dirigió ante Beresford a presentar la solicitud. Mientras tanto, los demás miembros del Consulado juraron el reconocimiento a la domina-ción británica. Belgrano prefirió retirarse, casi fugado, según sus propias palabras, a la Banda Oriental del Río de la Plata, a vivir en la capilla de Mercedes, dejando en claro su postura al pronunciar su célebre frase: Queremos al viejo amo o a ninguno.

Al estar lejos de Montevideo se mantuvo apartado de la organización de la Reconquista por medio de Liniers. Al enterarse se quiso sumar, pero ya había renunciado Beresford.

Tras la reconquista se unió a las fuerzas que organizaba Liniers. Fue nombrado sargento mayor del Regimiento de Patricios, bajo las órdenes de Cornelio Saavedra, y profundizó sus estudios de táctica militar. Tras conflictos con otros oficiales Belgrano renunció al cargo de Sargento Mayor y se puso a las órdenes de Liniers. Durante el combate que tuvo lugar poco después sirvió como ayudante de campo de una de las divisiones del ejército a cargo del coronel Balviani. Tras la exitosa resistencia de Buenos Aires volvió a hacerse cargo del Consulado y dejó nuevamente los estudios militares.

EL CARLOTISMO

Una de las acusaciones a Belgrano es haber apoyado la idea de coronar a la Infanta Carlota (hermana del Rey de España Fernando VII preso en Paris), quien estaba en ese momento en Río de Janeiro con la corte portuguesa en el exilio. Ese hecho, visto ahora significó el primer atisbo de independencia de España. No iba a prosperar nunca porque nadie apoyaba sumar el Virreynato a Portugal. Pero, con ese argumento, la casa de Belgra-no siguió funcionando como centro de conspiraciones independentistas.

LA REVOLUCION DE MAYO

Con la Revolución de 1810 nace un grupo de gente que no son funcionarios, sino que se dedican a algo nuevo que es hacer política en un Estado que se está formando. Es el inicio de los políticos. Belgrano, Moreno, Castelli, Dorrego son gente que hace de la política su vida a partir de 1810.

Manuel Belgrano fue un actor clave en la Revolución de Mayo, fue el que impulsó, sin medias tintas, la necesidad de fundar un nuevo gobierno patrio, por ello en abril de 1810 renuncia a su cargo en el Consulado, luego de diez y seis años; para abocarse, junto a Saavedra a la destitución del Virrey Cisneros. De hecho, ambos le piden la renuncia el 24 de mayo. Es una figura clave junto a Castelli en los cabildos abiertos del 22 y 25 de mayo; y de la impronta militar, junto a Saavedra, que impide que los realistas concurran al Cabildo.

Un hecho oculto por la historia oficial y que muestra cual era su pensamiento político lo da lo que escribió en El Correo de Comercio el 23 de junio: La importancia de que todo hombre sea un propietario, para que se valga a sí mismo y a la sociedad; por eso se ha declamado tan altamente, a fin de que las propiedades no recaigan en pocas manos, y para evitar que sea infinito el número de no propietarios. Esta ha sido materia de las medita-ciones de los sabios economistas en todas las naciones ilustradas; es uno de los funda-mentos principales, sino el primero, de la felicidad de los Estados. He visto con dolor, sin salir de esta capital, una infinidad de hombres ociosos en quienes no se ve otra cosa que la miseria y desnudez; una infinidad de familias que sólo deben su subsistencia a la feracidad del país. Esos miserables ranchos donde ve uno la multitud de criaturas que llegan a la edad de pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociosidad, deben ser atendidos hasta el último punto. Todos esos males son causas de la principal, que es la falta de propiedades de los terrenos que ocupan los labradores: este es el gran mal de donde provienen todas sus infelicidades y miserias, y de que sea la clase más desdichada de estas provincias.

Belgrano tiene distintos momentos en su pensamiento. Una cosa es el Belgrano ilustrado, funcionario de una colonia que no piensa en romper sus vínculos con España, sino en cómo aplicar ideas nuevas que mejoren la economía, y otra es el revolucionario que, incluso en vida, es reconocido como una figura clave de la Revolución.

Don Manuel era de los que predicaban con el ejemplo; la creación de la bandera fue el acto mas soberano de la época; que había sido precedido por dar el nombre de Libertad e Independencia a las dos baterías instaladas en Rosario.

EL FRACASO EN PARAGUAY

Otro hecho oculto fue que en su campamento militar en tierra paraguaya ideó el Regla-mento para el Régimen Político y Administrativo y Reforma de los Treinta Pueblos de las Misiones. Consistió en dar libertades a los pueblos originarios y criollos para incorporarlos positivamente a la revolución y al nuevo país que surgía a través de ésta, por ejemplo in-cluirlos en la educación, trabajo, comercio, propiedades y vivienda. De esta manera, la vi-sión de Belgrano era crear una nación que permitiera el desarrollo cultural y material de to-dos los sectores sociales, principalmente los populares. Igualmente, evidencia su consi-deración sobre la revolución ya que la entendía no solo como un suceso político y militar sino también social, el cual realizado con justicia e igualdad, sería un cimiento sólido para la construcción del nuevo estado y nación. Su figura de estadista plasmada en esta legislación hizo que dicho reglamento se convirtiera en el primer texto local que utilizó la Constitución Nacional de 1853 para promover los derechos civiles y políticos de la población.

Su derrota en el campo militar dejó encendida la llama de la Independencia que el Paraguay declaró en 1811. Si bien se perdió para las Provincias del Río de la Plata, también lo fue para España; lo que produjo que ese flanco quedase cubierto.

SUS ENFRENTAMIENTOS CON LA OLIGARQUIA

Tras la campaña en Paraguay, Belgrano fue enviado a la Banda Oriental como General para apoyar el movimiento sedicioso contra los españoles y posteriormente, con el grado de Coronel del Regimiento de Patricios, se lo destinó a Buenos Aires. En ambos casos, a pesar del ascenso jerárquico que reconocía su desempeño, padeció la oposición de sectores políticos y militares que estaban en contra de su mando ya que se dirimían conflictos de facciones. En el primer caso, como consecuencia de la rivalidad entre los que se carac-terizaban por darle una dirección conservadora y cautelosa a la revolución para no tener la oposición abierta de España ni de Gran Bretaña, aliada a la península ibérica en su guerra contra Francia) y quienes querían acelerar la evolución de la revolución, como sancionar una constitución nacional y declarar la independencia. En este bando se ubicaba Belgrano; y es debido a eso que siempre se lo enviaba a misiones militares para tenerlo fuera de las decisiones en Buenos Aires.

LAS CAMPAÑAS MILITARES

Es el promotor de uno de los hechos mas notables de la historia argentina que demuestra la firmeza y el don de mando que tenía; el Exodo de la Ciudad de Jujuy; por el cual abandona la ciudad dejando tierra arrasada y tapando los pozos de agua para que el enemigo no encuentre nada que le sirva. Tampoco se habla demasiado de la forma como la retaguardia controlaba a los realistas que le pisaban los talones, lo que le permitió llegar a Tucumán.

Las batallas de la Ciudadela en San Martín de Tucumán y la de Salta al año siguiente son las dos mas determinantes de la independencia. Esta última fue la gran batalla entre dos ejércitos librada en nuestro territorio; nunca mas los españoles intentaron invadirnos por el norte. Si bien Güemes los controló, se dieron cuenta que era imposible llegar a Buenos Aires.

Su fallida invasión al Alto Perú tiene aristas desconocidas u ocultas por la historia oficial. Las limitaciones materiales fueron suplidos, en gran parte con su propio dinero heredado de su padre, por ejemplo comprar alimentos a sus soldados. Ese fracaso impidió que se concretara su idea de mantener esa región como parte del país y extender la libertad. Ésta no era únicamente referida al Alto Perú como territorio sino también a la abolición de la esclavitud dentro de su sociedad. La posición contraria a dicha forma de dominación y explotación se manifestó contundentemente en el Regimiento de Libertos que Belgrano creó; estaba integrado por antiguos esclavos negros e indios que obtuvieron la libertad por pelear a favor de la causa revolucionaria. Por lo tanto, la dimensión política de libertad de la revolución, avalada por Belgrano, modificaba la estructura social en la que las clases altas se beneficiaban de los oprimidos esclavizados, razón por la cual dicho aspecto provocó la oposición del aludido estrato social.

REGRESO A SU ACTIVIDAD CIVIL

Como consecuencia de los traspiés armados, en 1814 fue reemplazado al mando del Ejército del Norte por San Martín. Ambos guerreros se encontraron la Posta de Yatasto. Allí coincidieron en la prioridad del ideal independentista sobre las divisiones internas provo-cadas por el centralismo de Buenos Aires que pretendía dirigir a la revolución e imponer su autoridad a las provincias, con lo cual creaba tensiones entre los compatriotas de las distintas regiones y debilitaba el accionar revolucionario.

Entre 1814 y 1815, luego de cumplir con sus funciones militares, Belgrano fue enviado como diplomático a Europa por el Director Supremo, Gervasio Posadas. Durante ese viaje, el prócer observó el regreso de las monarquías absolutas, posterior a la caída de Napoleón Bonaparte y la hostilidad europea hacia los gobiernos republicanos. Por eso, al regresar al continente, propuso que la forma de gobierno que debía adoptar el ex virreinato del Río de la Plata era la monarquía parlamentaria, pero el rey debía ser un inca.

A esto que fue tan criticado no se le dio la real dimensión; sostenía que lo debía gobernar un aborigen latinoamericano del imperio que el español venció; la historia oficial lo critica por proponer una monarquía en lugar de una república.

EL CONGRESO DE TUCUMAN

Con su propuesta del monarca inca los republicanos no quieren saber nada y les suena como un plan descabellado. En el Congreso de Tucumán fue bien recibido por varios con-gresales y la propuesta tenía el visto bueno de José de San Martín y Martín Miguel de Güe-mes.

A su regreso de Europa es designado Jefe del Ejército que estaba destacado en Santa Fe. Arribado a destino, Belgrano envió al segundo jefe de su ejército, y antiguo subordinado suyo, el general Eustoquio Díaz Vélez, para que buscara un entendimiento con los montone-ros de Santa Fe y su gobernador artiguista, Francisco Rodríguez. El 9 de abril de 1816, Díaz Vélez firmó en la Capilla del Paso de Santo Tomé un tratado con el representante santa-fecino y viejo amigo de Belgrano, Cosme Maciel, el mismo que, según la tradición, habría izado por primera vez, la Bandera creada por Belgrano en las barrancas de Rosario, en febrero de 1812. En este pacto, los firmantes, actuando fuera de sus facultades el primero de ellos, convinieron en traicionar al amigo común, el general Belgrano.

Acordaron: 1º separar del mando de las tropas al general Belgrano; 2º que el general Díaz-Vélez fuese reconocido como general en jefe de los dos ejércitos, ya fuese para retirarse al otro lado del Carcarañá, si era perseguido, ya para marchar con ellos sobre Buenos Aires, a destituir al Director mencionado y auxiliar al pueblo a fin de que se diese un nuevo gobernante. Se cargó al mismo tiempo a Belgrano y al Director Supremo. A raíz de esto, don Manuel fue depuesto e intimado a retirarse de Buenos Aires.

Liberado de sus compromisos militares, hacía tiempo tenía fijas sus miradas en el Congreso Nacional que debía reunirse en Tucumán, como en la única tabla de salvación, en medio de aquella tempestad deshecha. Hacia allí marchó, donde llegó el 5 de julio. Su llegada conmocionó la ciudad; donde desde luego se hizo el centro de todas las afecciones, y el nervio de las deliberaciones del Congreso. Fue citado el 6 de julio a una sesión secreta.

Belgrano, luego de responder las preguntas que le formularon los congresales sobre la situación política interna y exterior; se puso de pie y esbozó un largo y sentido discurso, asentado en las actas de la primera sesión secreta del Congreso de Tucumán, para el cual los congresales desalojaron a toda la barra y el público, a fin de escucharlo a solas.

En esa oportunidad, Belgrano dio, tal vez, el mejor discurso de su vida. Con el corazón en la mano, expuso el estado calamitoso en el cual se encontraban las Provincias Unidad, la soledad y el aislamiento internacional en que nos hallábamos y el hecho de que no debíamos esperar ayuda de nadie. Belgrano lamentó nuestra situación anárquica y que en seis años de revolución no hubiéramos sido capaces de esbozar una forma de gobierno civilizada que evitara nuestras luchas internas. Argumentó que la única forma de salir de este atolladero era adoptar un régimen monárquico constitucional, coronando, a tal fin, a un descendiente de la Casa de los Incas. Sin embargo, para posibilitar esta salida, era menester declararnos independientes, en el peor momento de la historia argentina.

Embargado por la emoción de ver al país en una situación terminal, Belgrano rompió en llanto aquel legendario 6 de julio. Sus lágrimas se contagiaron a los congresales, que lloraron junto a él, a puertas cerradas. De este modo, Belgrano acababa de dar a los congresales que aún mantenían sus dudas, el último empujón que necesitaban, para declarar la Independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica, apenas tres días después. Sucedió en el peor momento en la historia argentina, cuando las Provincias Unidas corrían el serio riesgo de desintegrarse.

BELGRANO Y LAS MUJERES

Belgrano tenía una vida íntima con un halo de misterio alrededor; no cumplía con las normas de masculinidad de su época, dice Florencia Canale sobre el prócer de quien asegura no era autoritario ni arremetedor; por el contrario, fue un hombre sensible, refinado, elegante.

Cuando estuvo al frente del Ejército del Norte, Belgrano reconoció militarmente a Juana Azurduy y a María Remedios del Valle. Las mujeres participaban de la guerra, pero lo particular de Juana Azurduy es que ella lucha en el frente con su esposo, Manuel Padilla, en la guerrilla Republiqueta de La Laguna. Azurduy fue nombrada teniente coronel y, por eso, Belgrano le regaló su sable. Del Valle, por su parte, se incorporó al Ejército del Norte, parti-cipó activamente en el Éxodo Jujeño y la batalla de Tucumán, por lo que Belgrano decide nombrarla capitana.

En 1802 entabla un romance con María Josefa Pepa Ezcurra, hermana de Encarnación, la esposa de Juan Manuel de Rosas. Sus padres no permitieron que el mismo continuara y la casaron con su primo Juan Ezcurra, un comerciante español. Un hecho la marcó, pues estaba completamente enamorada de Belgrano. Al producirse la Revolución de Mayo, Ezcurra regresó a España y la Pepa no lo quiso acompañar. Por entonces, una mujer abandonada se convertía en una muerta civil. Ni siquiera podía ir a misa sola. Al parecer, en una de las tertulias tan habituales en la capital, el apuesto Manuel y la bella Josefa recomenzaron la relación. Belgrano visitaba a su enamorada en los Altos de Ezcurra, una casona a metros de la iglesia de San Ignacio, en la Manzana de las Luces.

Belgrano es nombrado Jefe del Ejército del Norte y se dirige a hacerse cargo; ella corre detrás de él y lo alcanza en Jujuy. Conviven juntos y regresa a Tucumán junto con la población que protagoniza el Exodo jujeño. Luego de la batalla de Salta y ante al avanzado estado de su embarazo, Belgrano la envía con una custodia hacia Buenos Aires al mismo tiempo que le avisa a Rosas.

El niño nació el 30 de julio de 1813. Los cánones morales de la época eran tan crueles, que la futura madre viajó a una estancia litoraleña, parió a su hijo y lo dejó en los escalones marmóreos de la iglesia matriz de Santa Fe, donde casualmente lo encontró su hermana Encarnación, casada poco tiempo antes con Juan Manuel Ortiz de Rozas, quienes se hicieron cargo del recién nacido y lo criaron como hijo propio.

Belgrano, en sus últimos días de vida, caminando un día con su hermano pasaron por un colegio en el momento que los niños estaban en el recreo; le señaló un niño y le dijo: Ese es Pedro, tu hijo. Fue la única vez que lo vio.

Belgrano en Tucumán, luego de la declaración de la Independencia se hizo cargo del Ejército del Norte. Allí visitó a los Helguera y comenzó una relación romántica con María Dolores Helguera Liendo, de diez y siete años, a quien conoció en la fiesta de celebración de la declaración de la independencia el día 10 de julio. Estuvieron juntos tres años, con los intervalos que la guerra ocasionaba. El 4 de mayo de 1819 nació como fruto de ese amor Manuela Mónica.

Cuando Belgrano regresa a Buenos Aires por problemas de salud, los padres de Dolores no le permiten acompañarlo. Fue casada con un hombre llamado Rivas que pronto la dejó. Ella se fue a Catamarca para huir del escándalo, y en 1825 llegó con su hija a Buenos Aires, donde la familia del prócer se hizo cargo de la educación de la niña, por voluntad testa-mentaria de don Manuel. Siendo presidente, Bernardino Rivadavia la visitaba y Manuela dejó este testimonio para la historia: El señor Rivadavia me colocaba siempre debajo de ese retrato (de Manuel Belgrano) para admirar la semejanza que tenía con mi papá. Fue sin duda bueno para ella el haber sabido siempre quienes fueron sus padres.

LOS HIJOS DE BELGRANO

A Pedro Pablo no lo reconocieron ni padre ni madre, pero a los 23 años, el entonces Restaurador de las Leyes le comunicó quienes eran sus progenitores. Fue entonces cuando el joven entendió el porqué del gran cariño que le profesaban su tía Josefa y aquel ya lejano tío Manuel. Rosas lo adoraba, era su brazo derecho; lo llevó en todas sus campañas. Cuando firmó los convenios con los indios en su Campaña al desierto; Pedro era el encargado de tratar con ellos y hacer cumplir los compromisos tomados por Rosas.

En 1837 se desempeñaba como juez de paz y comandante militar interino de Azul, ciudad donde tenía sus intereses privados. En ese mismo año es informado por Juan M. de Rosas de su verdadera condición familiar, comenzando a firmar, a partir de entonces, como Pedro Belgrano. Tres años después figura como capitán del 5º escuadrón de Milicias de Caba-llería, y desde 1841 hasta 1848 como juez de paz de Azul. En 1846, siguiendo instrucciones de Rosas, conferenció con el cacique Quechuden, hijo de Painé, a quien pidió la entrega del coronel Manuel Baigorria, asilado en Trenel; pero el cacique esquivó el reclamo argumen-tando que no tenía instrucciones para dicho objeto. Tres años después, en 1849, dirigió una expedición a Tapalqué, contra la indiada. Rosas y Belgrano fue un firme factor de progreso para Azul, cuya población cubrió contra los peligros del salvaje.

Durante el sitio de Montevideo cumplió una misión secreta ante Oribe, confiada por don Juan Manuel. Pero después de Caseros se puso al servicio de Urquiza. De tal suerte, el 1º de junio de 1852 figura revistando en Azul, como coronel del Regimiento 11º de Guardias Nacionales de Caballería. Con motivo de la revolución liberal del 11 de setiembre de ese mismo año, quedó segregado de la Confederación y entró a servir al Estado de Buenos Aires. Por eso, al sublevarse el coronel Hilario Lagos (de quien era compadre), Rosas y Belgrano desembarcó con efectivos leales en Ajó, en compañía del coronel Matías Ramos Mejía, y se unió a las fuerzas del coronel Agustín Costa, fuerte estanciero del sur bonae-rense. Formó entonces en Azul un ejército integrado en su mayor parte por indios y marchó al norte del Salado.

El 22 de enero de 1853 libró combate en el Rincón de San Gregorio con el Ejército Federal de Operaciones del Sud, que comandaba el general Gregorio Paz, partidario de Lagos. La indiada de Rosas fue neutralizada por un oportuno movimiento del coronel Juan Francisco Olmos, del Estado Mayor federal. El coronel Rosas fue tomado prisionero y llevado a San José de Flores. Fue sometido a un tribunal militar, en la quinta de Ambrosio Lezica en Flo-res. Fue sancionado con una condena leve y conducido a Luján hasta el fin del sitio de Lagos.

Participó en varias operaciones militares mas, y después de Pavón, el coronel Rosas pasó al cuerpo de inválidos, y el 26 de setiembre de 1863 murió en su casa de la calle Belgrano 208. Se había casado en 1851 con Juana Rodríguez en la Iglesia de Azul, unión de la que nacieron nada menos que dieciséis hijos. Llegaron a la mayoría de edad diez de ellos.

La hija de Belgrano se casó en 1850 con Manuel Vega Belgrano, amigo de su medio hermano Pedro Rosas y Belgrano. Tuvieron tres hijos. Manuela Mónica, falleció el 5 de febrero de 1866 en Buenos Aires. Nunca regresó a Tucumán y mantuvo una vida social importante en Buenos Aires; y una relación fluida con su medio hermano.

CONCLUSIONES

Estamos ante el personaje mas determinante de la independencia. Estuvo en Europa al momento de la Revolución Francesa y de la caída de Napoleón.

En la Primera Invasión inglesa fue el único que de frente se negó a colaborar con Beresford; y en la segunda combatió en las calles de Buenos Aires.

Uno de los protagonistas de la revolución de Mayo e ideólogo; al punto tal que varios escritos adjudicados a Moreno hoy ya se los otorgan a la pluma de Belgrano. Determinante también en la declaración de la Independencia en Tucumán; el único que estuvo en los dos lados.

Mentor de un hecho inédito como fue el éxodo jujeño y protagonista de las dos batallas definitorias de la guerra contra España. La segunda, Salta, considerada una obra maestra de planificación y estrategia.

Prácticamente todos los protagonistas de la guerra de la Independencia tuvieron relación con él.

El primer prócer de la Argentina y el primero en vida. Lo da el hecho de la conmoción que significó su presencia en Tucumán cuando sesionaba el Congreso. Fallece en medio de la anarquía, pero al año siguiente recibe los honores que se mereció; único de ser homena-jeado por sus contemporáneos.

Todo logrado a fuerza de sacrificio personal, desprendimiento y, a pesar de pertenecer a una familia muy adinerada jamás lo hizo pesar; todo lo contrario, era respetado por su abnegación sin límites.

Intelectualmente, estaba varios escalones por encima de quien lo seguía en su genera-ción y difícil de superar en mas de doscientos años de historia. Estamos ante alguien que debería ser un orgullo, no solo de Argentina, sino de Latinoamérica, porque es completa-mente diferente. Abrazó una causa que era la independencia de América y entregó absolu-tamente todo a esa causa, hasta su vida. Nació, creció y vivió en la riqueza; murió en la pobreza. Un hecho lo pinta de cuerpo entero; cuando debe abandonar el mando de las tropas por su enfermedad terminal; una de las últimas noches de abril, en lo que era un simulacro de ejército; un grupo de soldados sin comida ni abrigo, da la orden de repartir lo que queda en partes completamente iguales, incluyéndolo a él.

Ese era Manuel Belgrano, al que hoy desde el living calefaccionado de alguna vivienda urbana, y sin carencias, se animan a criticarlo; y algunos, hasta difamarlo.

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